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Una modesta pero generosa biblioteca ambulante

18.09.2017
Texto de Raúl Zea / Fotografías de Juan José Higuera

Hoy Juan Fernando Hincapié se despertó a las cinco de la mañana, puso café y empezó a escribir. Dos horas más tarde entró de nuevo a la cocina, partió una naranja en ocho pedazos y se la comió. Luego volvió a su estudio y siguió escribiendo hasta las nueve y media. ¿Por qué lo sé? Porque el de Juan, es un mundo repleto de método.

 

Anoche terminó un libro que le gustó mucho: Los propios dioses de Isaac Asimov. «No suelo leer ciencia ficción, pero este me encantó. Vaya imaginación la de Asimov». Me dice que jamás lee dos novelas al mismo tiempo, pero si se siente cómodo, puede meter algo de no-ficción para leer de manera simultánea. Cada libro que termina lo registra en un pequeño cuaderno que guarda en su escritorio, y el último día del año repasa la lista y la compara con años anteriores. «Últimamente dejo muchos libros sin terminar —dice casi preocupado—. Antes no dejaba nada a medias. Terminaba el libro por malo que fuera.» Con los años ha desarrollado una fórmula: lee al menos cien páginas del libro que escoja, lo cual, según sus estadísticas personales, equivale a dos días de lectura. «Después de eso, si siento que el libro ya no logrará sorprenderme, paso al siguiente. Lo máximo que le entrego a un libro que no me gusta es eso: cien páginas». Los últimos cinco años de su vida ha leído en promedio 85 libros al año. Siete al mes. «Por eso necesito leer mínimo cincuenta páginas diarias. A veces reviso los registros de años anteriores y si me veo quedado, apuro el paso», explica.

Juan Fernando anotando en su estudio

«Lo máximo que le entrego a un libro que no me gusta es eso: cien páginas».Juan Fernando Hincapié

¿Cómo hace un lector compulsivo para elegir el próximo libro?, pregunto. «Intercambio recomendaciones con otros lectores. Últimamente he leído muchos "diarios de autor"; de este tipo de libros siempre salen buenas sugerencias. Por ejemplo, en Corea: apuntes desde la cuerda floja, que leí hace poco, Solano habla todo el tiempo de libros. Busqué algunos y me encantaron.» Le pregunto entonces por el libro que más veces ha leído y responde de inmediato: «El guardián entre el centeno. Ya perdí la cuenta de las veces que lo he leído. Por cierto, en una de mis últimas lecturas puse especial atención a los autores que cita Holden, e hice lo posible por leerlos. Me llevé una gran sorpresa con Ring Lardner, un autor que desconocía y que me encantó. Sus cuentos sobre béisbol son oro puro, aunque sigo sin encontrar el cuento al que Holden hace referencia (sobre una chica que comete infracciones de tránsito todos los días y se enamora del policía). Por cierto, ahora estoy leyendo The Crack-Up, de Fitzgerald, y allí hay un texto sobre Lardner, y también una carta buenísima del gran Thomas Wolfe donde deja sentada su posición sobre la literatura… Hay que leer a Wolfe».

Gadgets del estudio Juan Fernando leyendo junto a la ventana
Ekeko es el dios de la abundancia, la fecundidad y la alegría. Cuenta Hincapié que este Ekeko pertenecía al poeta peruano Jaime Urco, con quien vivió en Texas. Si el clima lo permite, Juan Fernando usa el balcón de su apartamento para leer en las tardes.

Al entrar en su estudio, una pequeña fotografía de Freddy Eusebio Rincón celebrando un gol nos da la bienvenida. Hay una hamaca, hay plantas, hay un escritorio lleno de libros y una pequeña estantería anclada a la pared que alberga diccionarios y manuales de estilo. Cuando empiezo a hojear algunos de los ejemplares, me doy cuenta de que no tienen una sola raya y encuentro inevitable preguntarle al respecto. «Jamás escribo sobre un libro. Me parece horrible. Rayar, subrayar o anotar en las márgenes para mí es inaceptable. No me siento cómodo con la idea arruinarle la lectura a otra persona. Perdí la pasión de acumular hace mucho rato. Soy profesor y todo el tiempo les presto libros a mis alumnos, con la única condición de que no los dañen.» La modesta pero generosa biblioteca ambulante Hincapié, la nombró. En su habitación tampoco faltan los libros. Allí, en unas repisas de madera clara, están todos los libros de no-ficción. «Antes de dormir necesito leer; no puedo hacerlo de otra manera. Desde luego, esto me ha traído todo tipo de problemas conyugales», admite.

Una muestra de la biblioteca

En sus muebles, cada libro tiene un lugar asignado.
Gadgets del estudio Juan Fernando usando el vinilo ante su tocadiscos
Escultura de la artista plástica colombiana Alicia Garavito. Su mejor amigo le ayudó a restaurar un sistema de sonido Technics de los 70, herencia de sus padres.

Cuando volvemos a la sala, Juan Fernando se detiene frente al tornamesa Technics que heredó de sus padres y pone un disco: Toma tu jabón Kapax, de Los Pirañas (que según dijo estudiaron en su mismo colegio, pero iban más adelante y eran tronquísimos para el fútbol) y me dice que si bien para escribir o traducir necesita silencio absoluto, para leer no. «Leo en el sofá, en la hamaca, en la fila del banco, en un bus, donde sea.»

Mientras suena el vinilo rojo brillante y el dueño de casa prepara café en la cocina, dirijo mi mirada al ejemplar de Gramática pura que mantiene en la pequeña mesa de centro frente al sofá, y no puedo evitar sonreír mientras pienso en las muchas similitudes que hay entre Juan y la híper-consciente protagonista de su primera novela.